Muchas veces hemos escuchado que los atletas son los verdaderos protagonistas del deporte. Esta teoría cobra aún más valor cuando observamos que los aficionados pagan una entrada para ver a un determinado jugador y no necesariamente a un dirigente, directivo o árbitro.
Esa ha sido una constante en el deporte mundial. Elementos como la venta de boletos, los patrocinios, los derechos televisivos y las plataformas digitales han impulsado un crecimiento sostenido de la industria deportiva, convirtiéndola en una de las más importantes a nivel global en términos de generación de ingresos.
Este crecimiento no ha sido ajeno al deporte universitario en los Estados Unidos. Actualmente, la industria del deporte universitario genera aproximadamente 11.8 mil millones de dólares anuales, con una distribución que históricamente ha favorecido a las universidades y conferencias más poderosas, especialmente en materia de derechos televisivos. Conferencias como la SEC y la Big Ten concentran una parte significativa de esos ingresos gracias a sus acuerdos multimillonarios de transmisión.
Con cifras tan llamativas, podría asumirse que los atletas universitarios también se beneficiaban económicamente de manera importante. Sin embargo, durante décadas esto no fue así. Esa realidad comenzó a cambiar con la llegada del NIL, siglas de Name, Image and Likeness.
¿Qué es el NIL?
John Wolohan, en su libro Law for Recreation and Sport Managers, define el NIL como el derecho legal que posee un individuo para controlar y generar ingresos a partir de su nombre, imagen y semejanza.
No obstante, para llegar a este concepto moderno fue necesario atravesar una serie de procesos legales que transformaron el modelo tradicional del deporte universitario.
Uno de los primeros antecedentes relevantes fue el caso de Ed O'Bannon contra la NCAA. El exjugador de baloncesto de UCLA argumentó que la organización restringía injustamente la capacidad de los atletas para beneficiarse económicamente del uso de su imagen en transmisiones televisivas y videojuegos. Aunque la decisión judicial no creó inmediatamente el NIL, sí abrió la puerta a futuras reformas.
Posteriormente, el caso Alston vs. NCAA cuestionó las limitaciones impuestas por la NCAA a determinados beneficios educativos para los atletas. La decisión de la Corte Suprema en 2021 representó un golpe significativo al modelo tradicional de amateurismo defendido por la NCAA.
Como resultado de estas presiones legales y regulatorias, en julio de 2021 la NCAA implementó una política provisional que permitió por primera vez que los atletas universitarios pudieran obtener ingresos derivados de acuerdos comerciales relacionados con su nombre, imagen y semejanza. En otras palabras, podían firmar contratos de patrocinio y generar ingresos con terceros sin perder su elegibilidad deportiva.
Los primeros grandes beneficiados del NIL
La nueva era del NIL produjo rápidamente casos emblemáticos.
Entre los atletas más beneficiados destacan nombres como Arch Manning, Bronny James, Livvy Dunne y Cooper Flagg, quienes lograron valoraciones de mercado superiores a los cuatro millones de dólares durante sus etapas universitarias. En los casos de Manning y James, las estimaciones llegaron a superar los seis millones de dólares.
Gran parte de estos ingresos estuvieron impulsados por acuerdos comerciales, patrocinadores y una importante presencia en redes sociales, más que por el desempeño deportivo en sí.
Sin embargo, es importante destacar que estos recursos no provenían directamente de las universidades, sino de marcas, empresas, patrocinadores, colectivos NIL y otras entidades privadas interesadas en asociarse con la imagen de los atletas.
La llegada del Revenue Sharing
El siguiente gran cambio llegó el 1 de julio de 2025 tras la aprobación del acuerdo derivado del caso House vs. NCAA.
A partir de entonces, las universidades de División I que decidieran participar en el nuevo modelo podrían compartir directamente una porción de sus ingresos con los atletas mediante el denominado revenue sharing.
Para el período 2025-2026, el límite inicial fue establecido en aproximadamente 20.5 millones de dólares por universidad al año.
Este nuevo mecanismo modificó significativamente la percepción de que únicamente las instituciones se beneficiaban económicamente del deporte universitario. Aunque los atletas todavía no reciben porcentajes comparables a los observados en ligas profesionales como la NBA, NFL o MLB, la combinación entre NIL, revenue sharing, becas deportivas, beneficios académicos y ayudas complementarias ha generado un ecosistema mucho más favorable para los estudiantes-atletas.
En programas cuyos departamentos atléticos generan cerca de 200 millones de dólares anuales, la compensación total destinada a los atletas comienza a representar una porción cada vez más significativa del presupuesto, acercándose en algunos aspectos a un modelo similar al de un salary cap flexible.
El NIL y el Revenue Sharing en el soccer universitario
A pesar de estos cambios, la realidad del soccer universitario es muy diferente a la del fútbol americano o el baloncesto.
Debido a que la mayor parte de los ingresos del deporte universitario continúa siendo generada por estas dos disciplinas, la distribución de recursos destinados a deportes como baseball, softball, volleyball y soccer sigue siendo considerablemente menor.
Tanto en NIL como en revenue sharing, el soccer representa una pequeña fracción del total de recursos distribuidos dentro de los departamentos atléticos.
Algunos casos destacados han surgido principalmente en el soccer femenino. Uno de los ejemplos más conocidos es el de Lexi Missimo, exjugadora de la Universidad de Texas, quien logró acuerdos NIL valorados en cifras de seis dígitos. Sin embargo, este tipo de situaciones continúan siendo excepciones y no reflejan la realidad de la mayoría de los futbolistas universitarios.
Para gran parte de los atletas de soccer, los beneficios económicos continúan estando vinculados principalmente a las becas deportivas, el cost of attendance, la asistencia académica y otros beneficios institucionales. Asimismo, muchas universidades todavía destinan una porción limitada o incluso nula de sus programas de revenue sharing a este deporte.
Una transformación que apenas comienza
Aunque todavía existe un largo camino para alcanzar modelos de reparto similares a los de las principales ligas profesionales, la implementación del NIL y del revenue sharing representa el cambio económico más importante en la historia moderna del deporte universitario estadounidense.
Lo que comenzó como una discusión sobre los derechos de imagen de los atletas ha evolucionado hacia una transformación estructural que redefine la relación entre universidades, atletas y la industria deportiva. El impacto completo de estos cambios aún está por verse, pero resulta evidente que el deporte universitario de hoy es muy diferente al de apenas hace cinco años.

